DESAFÍOS POST-SAQUEO. LA RECONSTRUCCIÓN DE UN PAÍS

rompecabezas

A esta altura de las circunstancias, el trámite procesal de la denominada «causa de los cuadernos», sólo debería preocupar a los imputados y a sus defensores. Al resto de los argentinos nos preocupa lo que viene y lo que vendrá, indepedientemente de acusaciones, detenciones, excarcelaciones, arrepentidos, absoluciones o penas.

La condena social al saqueo más grande de nuestra historia, es inapelable. Es sentencia firme pasada en autoridad de cosa juzgada.

Pero, ¿cuáles son los desafíos que nos esperan?

En mi opinión, uno que es fundamental para reconstruir la arquitectura republicana: recuperar la credibilidad de la función pública.

Es una obra cuyo reparto consta de tres actores principales, algunos secundarios y , del otro lado de la escena, millones de espectadores: los funcionarios del Estado -en especial gobernantes y magistrados judiciales- los empresarios y los intelectuales.

Sin dudas, luego del «cuaderno-gate» la Argentina será otro país. La actividad política tendrá que cambiar -radicalmente y no sólo en las apariencias- si no se quiere reeditar otro «que se vayan todos» y vuelva a cundir el pesimismo y la desazón. El Poder Judicial deberá -luego de una obligatoria auto crítica- abandonar su oportunismo político y aplicar la Constitución y la Ley sin importar el color que ocupe transitoriamente los despachos oficiales, si se quiere que la ciudadanía vuelva a confiar en jueces y fiscales. Los empresarios, más allá de sus gestos adustos en congresos, conferencias y coloquios a los que asisten funcionarios  públicos y sus arengas de «responsabilidad social empresaria», deberán denunciar pública y corporativamente hasta el pedido de una lapicera o de una agenda por parte de la autoridad. La intelectualidad -la verdadera y no los charlatanes de feria- deberá medir las eventuales consecuencias de generar semi-dioses o de potenciar relatos  que no superan la categoría de ciencia ficción…

Parece demasiado para nuestra idiosincrasia. Sin embargo, no hay otro camino.

No se trata de convertirnos -de la noche a la mañana- en una sociedad perfecta. Puede haber transiciones. Puede haber nuevos gradualismos. Tenemos derecho a tropezar, a equivocarnos. Pero, definitivamente, no podemos volver a justificar el delito, ni al delincuente, ni al que ampara a ambos.

La «coima» es delito. Es delincuente el que la pide y el que la da. No es folklore. No es uso y costumbre. No es picardía… Es decadencia y fracaso.

Los que tenemos responsabilidad de Estado estamos frente ante un desafío descomunal. El tiempo de las palabras se extinguió, tal vez por mucho tiempo. Las críticas serán feroces y, si bien no es justo que cada uno de nosotros se haga cargo de la totalidad de las culpas y fracasos de su sector, corresponde asumir la cuota-parte correspondiente.

La coyuntura actual es una bisagra en nuestra historia. La oportunidad es, tal vez, la última que tenemos de convertirnos en un país -aunque sea- normal.

Si la desaprovechamos, no será el tiempo de analistas y encuestadores. Será la hora de los psiquiatras.

 

 

 

 

VERGÜENZA AJENA… Y PROPIA

oyarbide
Al escuchar los sollozos del ex juez Oyarbide en un programa radial y al volver a observar las patéticas imágenes de sus «coreografías» en diversos programas de televisión, siento una profunda vergüenza ajena, pero también propia. Porque, hasta hace muy poco tiempo, ese abogado integraba una de las magistraturas más importantes de la República: la justicia criminal y correccional federal de la Capital Federal, es decir, el ámbito en donde se investigan y juzgan los delitos con mayor trascendencia social y política de la vida de los argentinos. Los más graves. Los que perjudican a todos.
Como fiscal del Ministerio Público de la provincia de Buenos Aires, siento pudor ante ese triste espectáculo, más cercano al sainete rioplatense que a la Administración de Justicia Penal.
En medio del torbellino de detenciones, allanamientos, arrepentidos, cuadernos y coimas -circunstancia que desvela a una inmensa mayoría de compatriotas- vuelve a surgir la imagen del excéntrico juez que tenía la «bola mágica», aquella que siempre salía al momento de los sorteos de las causas más sensibles.
Ya no habla con la soberbia y la suficiencia que le daba su cargo de magistrado federal, mimado por el Poder de turno. Ahora se victimiza, llora y reconoce -después de renunciado- que sus fallos fueron fraudulentos. Que no resolvía de acuerdo a su interpretación de la Ley, sino por la presión en su «cogote».
Vergüenza ajena, pero también propia.
¿Qué hacemos los magistrados de todo el país frente a este bochorno?
¿Cómo explicarle a la comunidad que nos sostiene que no somos todos iguales?
¿Cómo decirle al justiciable que en el Pretorio existe una inmensa mayoría de magistrados honestos, que cometemos errores, pero que no cedemos ante las presiones?
¿Cómo convencer al ciudadano que no puede confiar más en nadie, porque -nada más y nada menos- un ex juez federal reconoce que cedió frente a las aprietes del poder, que vuelva a confiar en la Justicia?
 
Los jueces y fiscales federales en actividad deberán resolver qué hacer con Oyarbide.
Si fuera uno de ellos, no me darían las manos para solicitar la revisión de todos los sobreseimientos por él dictados.
Supongo que los defensores pensarán lo mismo respecto de todas las elevaciones a juicio oral…
Hoy como nunca, la Cosa Juzgada Fraudulenta o Írrita, está en el centro de la escena.
 
Esta historia continuará.