Muerte de un fiscal (LA NACIÓN)

Alberto Nisman acusó a Irán y Argentina de conspirar para sepultar un ataque terrorista. ¿Eso terminó con su vida? En Buenos Aires, su muerte hizo surgir teorías conspirativas que involucran a espías y gobiernos extranjeros, con la connivencia de políticos

Por Dexter Filkins  | The New Yorker

Esta es la nota completa traducida que LA NACION presenta en exclusiva sobre el caso Nisman publicada originalmente en la revista estadounidense The New Yorker , el lunes 13 de julio de 2015.

En sus últimos días de vida, Alberto Nisman estaba impaciente por hacer frente a sus enemigos. El 14 de enero de este año, el fiscal Alberto Nisman había hecho una electrizante acusación contra la presidenta del país, Cristina Fernández de Kirchner. La acusaba de haber orquestado un plan secreto para echar por tierra la investigación del ataque terrorista más sangriento de la historia argentina: el atentado suicida de 1994 contra la Asociación Mutual Israelita Argentina (AMIA), la organización judía más grande del país, donde murieron 85 personas y más de 300 resultaron heridas. Nisman, un meticuloso hombre de 51 años con afición por el jolgorio de la noche porteña, había investigado infructuosamente el caso durante una década, con frecuentes viajes a Estados Unidos para obtener ayudar de funcionarios de inteligencia y asesores del Capitolio. En 2006, imputó a siete funcionarios del gobierno de Irán, incluidos el ex presidente y el ex ministro de Relaciones Exteriores, a quienes acusaba de planear y dirigir el ataque, junto con uno de los cabecillas del grupo de milicias libanesas Hezbollah. Meses después, Nisman libró órdenes de captura internacionales para cinco funcionarios iraníes, impidiendo de esa manera que pudieran abandonar Irán. Cuando el caso lo convirtió en una celebridad, Nisman invirtió en lentes de contacto azules e inyecciones de Botox. “Veía una cámara cerca y listo: dejaba todo lo que estuviera haciendo”, dice Roman Lejtman, un periodista que cubría la investigación.

 

Con los años, el caso AMIA (como se lo conoce, por las siglas de la mutual judía) fue dejando al descubierto las falencias del sistema judicial de la Argentina. El juez a cargo fue acusado de intentar desviar el resultado, al igual que varios importantes funcionarios políticos argentinos. Las autoridades de Irán se mofaban del pedido argentino de extraditar a los acusados, y hasta emitieron un orden de arresto contra Nisman. El fiscal perseveró, presionando a los iraníes en cada oportunidad que se le presentaba. Contó desde un primer momento con el pródigo apoyo de los presidentes argentinos, primero de Néstor Kirchner, que en 2004 eligió a Nisman para supervisar la investigación, y luego de Cristina, que sucedió a su marido tras las elecciones de 2007. Cada mes de septiembre, Cristina Kirchner viajaba a Nueva York para denunciar al régimen de Irán ante la Asamblea General de las Naciones Unidas. Y cada vez que el presidente iraní Mahmoud Ahmadinejad ingresaba para hablar ante la Asamblea, los diplomáticos argentinos, por orden de Cristina, se retiraban del salón.

Pero a principios de 2013, Cristina Kirchner, conocida por su carácter impredecible y su despiadada agudeza política, dio un extraordinario giro de 180 grados. Tras meses de negociaciones clandestinas, selló un acuerdo con el gobierno de Irán que, según dijo, permitiría finalmente destrabar la causa AMIA. El acuerdo planteaba la conformación de una “comisión de la verdad” que permitiría a los jueces argentinos viajar a Teherán y entrevistar posiblemente a los sospechosos.

El caso Nisman se convirtió en el equivalente latinoamericano del magnicidio de John Fitzgerald Kennedy

Si bien muchos argentinos aplaudieron la movida diplomática de Cristina, Nisman les dijo a sus amigos que la presidenta lo había traicionado. En secreto, Nisman se embarcó en otra investigación, que apuntaba a la propia Cristina Kirchner. En 14 de enero de 2015, Nisman divulgó los resultados, acusando a la presidenta de estar involucrada en una conspiración delictiva para sepultar la causa AMIA. “La orden para ejecutar el delito provino directa y personalmente de la Presidente de la Nación”, escribió Nisman. En medio de la conmoción pública que se generó, Nisman fue convocado a testificar ante el Congreso argentino. Les comentó a sus amigos que había empezado a temer por su vida, pero estaba decidido a seguir adelante con el caso. Un par de días antes de su presentación ante el Congreso, le envió un mensaje a una amiga: “El lunes voy fuerte con pruebas!!!” [sic].

La noche previa a su cita en el Congreso, el cuerpo de Nisman fue encontrado en su departamento, apoyado contra la puerta del baño y sobre un charco de sangre. Tenía un orificio de bala en la cabeza, y en el piso, junto a su mano, se encontró una pistola calibre 22 y el casquillo de un proyectil. En un tacho de basura, la policía encontró el borrador de un documento legal, escrito por Nisman y nunca ejecutado, que daba vía libre para el arresto de Cristina Kirchner.

 

Foto: Archivo 

En las semanas que siguieron, cada argentino parecía tener su propia opinión sobre la muerte de Nisman. El caso se convirtió en el equivalente latinoamericano del magnicidio de John Fitzgerald Kennedy, fuente de teorías conspirativas que involucraban a espías, gobiernos extranjeros y connivencias políticas. En las calles de Buenos Aires podían verse afiches que se preguntaban “¿Quién mató a Nisman?”.

Durante el transcurso de la investigación, Nisman había recibido muchas amenazas de muerte, pero sus amigos dicen que el fiscal no se las tomaba en serio. En algún momento, el escritor argentino-israelí Gustavo Perednik se encontró con Nisman en un bar de Buenos Aires para discutir el título del libro sobre el caso AMIA que Perednik estaba terminando de escribir. Perednik le mostró a Nisman una lista de títulos posibles, y el fiscal eligió inmediatamente uno de ellos: El asesinato de Alberto Nisman. “¡Este está piola, eh!“, dijo el fiscal.

EL ATAQUE TERRORISTA

La mañana del 18 de julio de 1994, el conductor de una traffic marca Renault cargada con cientos de kilos de nitrato de amonio y TNT estacionó frente a la puerta de la mutual judía y detonó su carga de explosivos. El edificio de seis pisos colapsó, dejando un tendal de cadáveres, miembros mutilados y heridos que gritaban. Los rescatistas pasaron semanas revolviendo los escombros en busca de más cuerpos y de sobrevivientes.

Expertos del FBI rápidamente identificaron al hombre que conducía la Traffic que se incrustó en la AMIA: Ibrahim Hussein Berro, integrante de Hezbollah

El atentado se produjo dos años después de otro casi idéntico, en el que un vehículo con explosivos estacionado frente a la embajada de Israel en Buenos Aires terminó con la vida de 29 personas y dejó un saldo de 242 heridos. Un ala de Hezbollah se atribuyó el atentado, y muchos funcionarios de Estados Unidos creían que el régimen de Irán había aprobado y ayudado a concretar el ataque. En el caso de la voladura de la AMIA, también sospechaban que los principales culpables eran Irán y Hezbollah, que habían actuado en conjunto.

El gobierno argentino dio comienzo a la investigación, que muy pronto se estancó. La Policía recuperó partes de la Renault Traffic… y luego las dejó olvidadas en un depósito. Tres años después del hecho, James Bernazzani, un experimentado agente del FBI, fue enviado a Buenos Aires a colaborar con la investigación. Cuando Bernazzani y su equipo empezaron a examinar la Traffic, encontraron fragmentos de tejido humano y de tela de jean pegados a un fragmento de chapa. Los técnicos del laboratorio del FBI rápidamente identificaron al hombre que a su parecer conducía el vehículo: Ibrahim Hussein Berro, un miembro activo de Hezbollah en el Líbano. Los analistas de inteligencia determinaron que la familia de Berro había sido agasajada por Hassan Nasrallah, líder de Hezbollah, poco después del atentado. “El caso que construimos se habría sostenido en la Justicia de Estados Unidos“, dijo Bernazzani.

Pero los fiscales argentinos decidieron en cambio enfocarse en la llamada “conexión local“: los 22 argentinos, incluidos algunos funcionarios policiales, que según ellos habían colaborado con el atentado. El centro de la escena lo ocupó entonces el reducir de autos Alberto Telledín, al que acusaron de haberle vendido la traffic a los perpetradores.

Al principio, Telleldín aseguró haberle vendido el vehículo a un hombre con fuerte acento centroamericano, pero pronto cambió su versión para implicar a miembros de la Policía de la Provincia de Buenos Aires. Poco después, apareció un video que explicaba ese cambio. Las imágenes fueron transmitidas por televisión y en ellas podía verse el momento en el que el juez Juan José Galeano, responsable de la causa, le pagaba a Telleldín 400.000 dólares y le ordenaba acusar a la policía. Según los fiscales, detrás de esa coima estaba el entonces presidente Carlos Menem, que lo habría hecho para complicarle la vida a su adversario político, el entonces gobernador de Buenos Aires, Eduardo Duhalde. “En la Argentina, los casos judiciales importantes no son sólo sobre el caso mismo, sino que son utilizados por los políticos para arreglar sus diferencias“, me dijo Pablo Jacoby, abogado de un grupo de sobrevivientes y víctimas del atentado a la AMIA.

Néstor Kirchner eligió a Nisman, un joven fiscal, para que salvara lo que pudiera de ese desastre y volviera a empezar

A medida que el caso seguía su derrotero por el laberíntico sistema judicial argentino, los absurdos se fueron multiplicando. Un bombero admitió ante el tribunal que había mentido al decir que había encontrado un fragmento de la Traffic, que en realidad había sido hallada por un investigador israelí. Un abogado que trabajó en el caso aseguró haber sido torturado por agentes de inteligencia argentinos, quienes lo interrogaron sobre la existencia de grabaciones de los iraníes involucrados en la planificación del atentado. “Todos los aspectos del caso eran un desastre, empezando por la investigación inicial“, dijo Claudio Grossman, enviado por la Comisión Interamericana de Derechos Humanos como observador del juicio, y que actualmente se desempeña como decano de la Escuela de Leyes de la American University. “La Argentina es un país moderno, pero no hay confianza en el sistema judicial, no hay fe en que el sistema es capaz de resolver los problemas.”

En 2003, el caso de la fiscalía finalmente se cayó, y un tribunal sobreseyó a los 22 acusados, incluidos el juez Galeano, Carlos Menem, y el director de la agencia de inteligencia argentina, la entonces SIDE. Cuando el juicio terminó, la causa acumulaba 588 cuerpos de evidencias, se había escuchado a 12.084 testigos y habían pasado nueve años: el caso más largo de la historia argentina. Néstor Kirchner, elegido presidente ese mismo año, calificó de “desgracia nacional” el modo en que el gobierno había manejado el caso.

Un año después, Kirchner eligió a Nisman, entonces un joven fiscal, para que salvara lo que pudiera de ese desastre y volviera a empezar. La elección de Nisman llegó como una sorpresa, porque había integrado el equipo de fiscales de la causa AMIA original, que siguió al frente del caso a pesar de la abrumadora evidencia de que la causa había sido corrompida. “Le había perdido el respeto. Nisman sabía que la causa estaba mal, pero igual siguió adelante“, dijo Alejandro Rúa, que trabajaba en la fiscalía. Pero los amigos de Nisman lo ven de otra manera. Según ellos, Nisman era un fiscal joven, y no tenía otra opción que aceptar.

NISMAN Y AMIA

Ya en sus días como fiscal de los tribunales de Olivos, Nisman era un joven inteligente y ambicioso, y no tenía problema en mostrarlo. En la Corte, hablaba tan rápido que a los jueces muchas veces les costaba entenderlo. Había ingresado a la justicia a los 17 años como empleado ad honorem, y les decía a sus amigos que algún día sería procurador general de la nación. “En aquel entonces, éramos los fiscales más jóvenes del país”, dijo Fabiana León, amiga de Nisman de aquellos días. “A Alberto no le gustaba perder, así que se peleaba mucho con los jueces, y se la pasaba haciendo objeciones y presentando apelaciones.”

Dos años después de tomar la causa AMIA, Nisman presentó su acusación. A lo largo de 801 páginas, acusaba a siete funcionarios iraníes, incluido el ex presidente Ali Akbar Rafsanjani, y también imputó a un alto comandante de las fuerzas de Hezbollah, Imad Mugniyah. “La decisión de llevar adelante el ataque no fue tomada por un pequeño grupo escindido de oficiales del extremismo islámico”, escribió Nisman, sino que fue “ampliamente discutida y finalmente adoptada por consenso entre los más altos representantes del gobierno iraní”. A partir del testimonio de desertores iraníes, Nisman aseguraba en su acusación que la decisión se había tomado el 14 de agosto de 1993 durante un encuentro del Comité de Operaciones Especiales, que incluía al líder supremo Ali Khamenei.

Según Nisman, desde la década de 1980, Irán había establecido en la Argentina una “vasta red de espionaje” para recolectar información, seleccionar blancos y reclutar apoyo local. El coordinador de la operación AMIA dentro del país era un iraní de nombre Mohsen Rabbani, quien fuera, durante muchos años, uno de los líderes de la mezquita porteña de Al Tawhid. Según Nisman, Rabbanihabía financiado el atentado, supervisado la compra de la traffic y dirigido el armado de la bomba.

Nisman rastreó los movimientos y las conversaciones telefónicas de Rabbani y otros, y demostró que la mayoría de los implicados mantuvieron contactos entre sí y con la embajada de Irán en los días y horas previos al atentado. Casi todos ellos abandonaron la Argentina antes de la explosión, al igual que los embajadores de Irán en la Argentina y en varios países vecinos. Pero Rabbani se quedó: acababa de ser nombrado agregado cultural de su embajada, y por lo tanto, contaba con inmunidad diplomática. Notablemente, Rabbani permaneció en la Argentina por tres años más, proclamando su inocencia, y nunca fue detenido. En una declaración posterior al atentado, Khamenei pareció alabar el ataque: “Reuniendo grupos de judíos con historiales de asesinatos, robo, crueldad y vandalismo alrededor del mundo, el régimen sionista ha creado una entidad que bajo el nombre de la nación israelí sólo entiende la lógica del terror y de crímenes”.

Nisman aseguró que la mayoría de los acusados en el caso AMIA mantuvieron contactos entre sí y con la embajada de Irán en los días y horas previos al atentado

A pesar de todos los detalles reunidos por Nisman, la incógnita sobre los móviles de Irán nunca encontró una respuesta definitiva. Los funcionarios de Israel creen que el atentado era una venganza por el ataque israelí contra un campo de entrenamiento de Hezbollah en el Líbano, un mes antes. Pero según Matthew Levitt, ex alto funcionario del Tesoro norteamericano y autor de un libro sobreHezbollah, los planes para el atentado contra la AMIA comenzaron meses antes de que ocurriera el ataque en el Líbano.

Gran parte del testimonio que orientó a Nisman hacia el régimen de Irán provenía de un hombre al que en los documentos de la corte se menciona como “Testigo C“. Se trata de Abolghasem Mesbahi, un agente de inteligencia iraní que desertó y se radicó en Alemania en 1996. Mesbahitampoco fue claro respecto de los móviles de Irán: sólo les dijo a los investigadores que el régimen de Irán consideraba que la Argentina, que tiene la séptima comunidad judía más cuantiosa del mundo, era un lugar fácil para matar a judíos. Pero no brindó una explicación convincente del controvertido y largo proceso judicial subsiguiente: el presidente Menem, aseguró Mesbahi, era un agente pago de Irán desde hacía mucho tiempo.

Durante los años previos al ataque, los países de Medio Oriente habían intentado ampliar su influencia en la Argentina. Raúl Alfonsín, predecesor de Carlos Menem, había cultivado relaciones con Egipto e Irak, con quienes la Argentina colaboró en el proyecto de misiles de medio alcance llamados Cóndor. El gobierno de Alfonsín también había acordado suministrar materiales y asistencia técnica para el programa nuclear de Irán, que en aquel entonces empezaba a generar preocupación en Occidente.

Según Mesbahi, Menem empezó a recibir enormes sumas de dinero de manos de los agentes iraníes a mediados de la década de 1980, cuando era gobernador de La Rioja. Menem es de ascendencia siria, y los pagos, que usualmente se realizaban a través de empresas vinculadas con él, eran para ayudarlo a ganar influencia en la comunidad de Medio Oriente en la Argentina. Según un alto funcionario de su gobierno, Menem también recibió millones de dólares como fondos de campaña provenientes de otros gobiernos, incluidos el de Muanmmar Khadafy en Libia y el de Hafez Assad en Siria.

Sin embargo, no bien fue elegido presidente en 1989, Menem, suspendió los acuerdos de armas con Libia y Siria y anuló el acuerdo nuclear con Irán, según su ministro de economía, Domingo Cavallo. “Los norteamericanos nos dijeron que si queríamos tener buenas relaciones con ellos, había que cancelar los acuerdos con los iraníes“, explicó Cavallo y agregó: “Y eso hicimos”. Según el relato de Nisman, la cancelación del acuerdo nuclear fue el desencadenante del atentado contra la mutual judía en Buenos Aires. Nisman señaló que en aquel entonces, Irán presionaba a la Argentina para reanudar el acuerdo, pero el fiscal no ofreció casi ninguna otra evidencia que apoyara su afirmación.

Mesbahi dejó entrever que la relación clandestina de Menem con Irán continuó después del atentado de la AMIA. Al ser interrogado, aseguró que Menem había acordado desdibujar el rol de Irán en el atentado, y que a cambio recibió 10 millones de dólares, que fueron girados a su cuenta numerada en la filial del Banco de Luxemburgo en Ginebra. El dinero fue transferido desde otra cuenta suiza, controlada por Rafsanjani, el entonces presidente de iraní. Pero Bernazzani, el agente del FBI, señaló que Mesbahi, que en otro tiempo había sido un desertor confiable, estaba pasando información falaz. “Mesbahi es un mentiroso“, dijo. De todos modos, muchos funcionarios norteamericanos creen que Irán tuvo participación en el atentado, y aseguran que Hezbollah jamás llevaría adelante una operación de esas características sin la aprobación de Irán. “Se supone que los iraníes estuvieron involucrados, ya que el ataque fue llevado a cabo por una unidad creada por ellos”, dijo Robert Baer, un ex agente de la inteligencia norteamericana que se ocupaba de rastrear las vinculaciones de Irán con Hezbollah. “Mugniyah nunca hizo nada sin tener la luz verde del líder supremo.”

En 2007, la asamblea general de Interpol suscribió la acusación de Nisman y emitió “alertas rojas” para cinco funcionarios iraníes, solicitando su arresto a los países miembros. Interpol se negó a emitir órdenes de captura contra el ex presidente de Irán, su ministro de relaciones exteriores, y el embajador en la Argentina, no porque las pruebas presentadas no lo ameritaran, sino porque la reglamentación del organismo impide la persecución de mandatarios nacionales.

NISMAN, EL FISCAL “FAMOSO”

En los años que llevó adelante la investigación de la causa AMIA, Nisman se hizo famoso. Separado de su mujer, se convirtió en un personaje asiduo de la noche porteña, y hasta apareció varias veces en las revistas de chimentos junto a diferentes novias. Se deleitaba en su imagen de fiscal que la emprende en soledad contra los terroristas de Medio Oriente. Con un enorme plantel de personal y un elevado presupuesto, cultivó relaciones con analistas de inteligencia norteamericanos, con expertos de las usinas de ideas conservadoras, y con los asesores del senador Marco Rubio, quien seguía de cerca el avance de la investigación. Nisman se alquiló un lujoso departamento en el elegante barrio de Puerto Madero y se entregó a su pasión por el windsurf. Claudio Rabinovich, colega y amigo de Nisman desde la escuela secundaria, recuerda que el fiscal le dijo: “Claudio, tenemos 50, ¡ya es hora de vivir la vida!

De todos modos, Nisman siguió intensamente abocado a su trabajo y al cuidado de sus hijas, Iara y Kala, con las que hablaba por teléfono varias veces al día. Tras la muerte de su padre, en 2004, Nisman dejó de ir a trabajar el día de Yom Kippur. Era un descanso que se permitía muy raras veces. Según sus amigos, la causa AMIA se había convertido en una obsesión para el fiscal: año tras año, y a pesar de la falta de avances, Nisman seguía buscando la forma de juzgar a los iraníes.“A veces me llamaba a las 2 de la mañana para pedirme que estuviera en la oficina al alba“, dijo Diego Lagomarsino, un técnico informático que trabajaba con Nisman. “Nada de lo que Alberto hacía podía sorprenderme“.

Nisman parecía tener todos los detalles y complejidades del caso en su cabeza. “Era increíble como se acordaba de cada detalle, de las fechas exactas y de los hechos“, dijo Rabinovitch. Todo estaba en perfecto orden, tanto en su casa como en su oficina. Los papeles, apilados en perfecto ángulo recto. Ni una mota de polvo en ninguna parte. En un país famoso por sus carnes y sus vinos, Nisman comía galletas de arroz y apenas tocaba las bebidas alcohólicas. Iba a almorzar varias veces por semana al restaurant de sushi Itamae, a la vuelta de su departamento, y siempre comía lo mismo, con los palillos sujetados por una banda elástica.

Mientras Nisman armaba su caso, entabló amistad con Jaime Stiuso, alto funcionario de la SIDE. Stiuso orillaba entonces los 60 años y era un personaje turbio: se había incorporado a la agencia en la década de 1970, cuando la SIDE participaba activamente de la represión y la tortura. Desde aquellos años, Stiuso rara vez se mostraba en público. Pero según Juan Martín Mena, un alto funcionario de la inteligencia argentina, “Stiuso era la fuerza dominante en la agencia”.

Nisman también recibió ayuda de Estados Unidos. Según los cables diplomáticos difundidos por Wikileaks, agentes norteamericanos lo orientaron, lo ayudaron a redactar presentaciones legales, y presionaron a gobiernos extranjeros para que le dieran su apoyo. Entre 2006 y 2010, Nisman se reunió más de 10 veces con funcionario de la embajada de Estados Unidos en Buenos Aires, y en al menos una de esas oportunidades fue para encontrarse con un alto funcionario del FBI. En una ocasión, Nisman se disculpó por no haberle anticipado a la embajada que había recomendado el arresto del ex presidente Menem. No se sabe hasta dónde llegaba la ayuda que recibía Nisman de los agentes de inteligencia norteamericanos, pero sus visitas a la embajada alimentaron las sospechas de la prensa argentina de que el fiscal era una marioneta que acataba obedientemente las órdenes de Estados Unidos e Israel.

A pesar de las numerosas amenazas de muerte que recibió -por teléfono, por carta y por email, y en muchos casos dirigidas contra sus hijas-, Nisman creía que estar a salvo gracias a sus contactos. El gobierno argentino lo proveía de custodia personal las 24 horas, pero Nisman solía encargarles algún mandado, y quedaba así desprotegido.

Mientras Nisman armaba su caso, entabló amistad con Jaime Stiuso, alto funcionario de la SIDE. Stiuso orillaba entonces los 60 años y era un personaje turbio

Durante años, Nisman no tuvo una mayor aliada que Cristina Kirchner. En septiembre de cada año, cuando la presidenta viajaba a Nueva York para la sesión de apertura de la Asamblea General de las Naciones Unidas, llevaba consigo a un grupo de sobrevivientes de la AMIA. En 2011, dijo ante la asamblea: “Exijo, en base a los requerimientos de la justicia argentina, que la República Islámica de Irán se someta a la autoridad legal y, en particular, que permita que quienes han sido acusados de tener algún grado de participación en el atentado contra la AMIA sean llevados ante la justicia”.

NÉSTOR, CRISTINA Y LA ARGENTINA

Cristina Kirchner y su esposo se presentaban a sí mismos desde hacía tiempo como censores morales de su país, poniéndose a la cabeza de un esfuerzo sin precedentes por afrontar la historia de violencia política de Argentina. Entre 1976 y 1983, durante el período llamado de la guerra sucia, los militares argentinos llevaron a cabo una brutal campaña contra sospechosos de subversión y simpatizantes de la guerrilla. Esa purga barrió con estudiantes, docentes, periodistas, sacerdotes y monjas. Los sospechosos fueron secuestrados, interrogados, torturados, y muchos de ellos fueron subidos a aviones y arrojados a las aguas del Río de la Plata. Así fue que “desaparecieron” un número 30.000 argentinos.

El régimen militar colapsó en 1983 tras la humillante derrota de Argentina en la Guerra de las Malvinas [NdT: “Falklands War” en el original], pero durante dos décadas, los presidentes civiles del país se abstuvieron mayormente de investigar los crímenes del pasado. Cada semana, las madres de los desaparecidos se reunían frente a la Casa de Gobierno a modo de protesta silenciosa. En 2003, tras ser elegido, Néstor Kirchner entró en el Colegio Militar y ordenó que fuesen descolgadosde las paredes los retratos de los presidentes del régimen militar. En otra ocasión, frente a una reunión de oficiales militares, declaró: “Quiero que quede claro, como presidente de este país, que no les tengo miedo.” Algunos de los generales se retiraron. En 2005, Kirchner apoyó la revocación de dos leyes de amnistía, y ordenó a los fiscales reabrir las causas.

Cristina Kirchner y su esposo se presentaban a sí mismos desde hacía tiempo como censores morales de su país

Néstor y Cristina eran jóvenes, vitales e inteligentes. Novios desde que estudiaban derecho juntos, se los comparaba con Bill y Hillary Clinton. En 2007, Néstor anunció que daría un paso al costado para permitir que Cristina, entonces senadora, compitiera por la presidencia. Tras ganar las elecciones, Cristina vio condenados por tortura y asesinato a cientos de militares. “Lo que empezó Néstor, Cristina lo continuó“, me dijo el ex juez de la Corte Suprema de Justicia de Argentina Raúl Zaffaroni.

Cristina demostró ser una líder drástica y polarizadora: “Sólo hay que tenerle miedo a Dios”, dijo en 2012 en una reunión de gabinete, “y un poquito a mí”. Según un dirigente político argentino, una vez, cuando Néstor era presidente, mantuvo una acalorada discusión con uno de sus ministros durante una cena en la residencia presidencial, hasta que el ministro se paró y salió intempestivamente. Néstor salió detrás del ministro a buscarlo montado en un carrito de golf para obligarlo a volver, pero Cristina lo frenó diciendo: “El que se levanta una vez de mi mesa, nunca más vuelve a sentarse a ella“.

En los cables confidenciales divulgados por WikiLeaks, los diplomáticos norteamericanos señalan la “actitud agresiva” de Cristina Kirchner y su aparente obsesión por su aspecto. Supuestamente, gastó “miles de dólares diarios en lo último de la moda, en aplicarse inyecciones de silicona en el rostro y extensiones en el cabello para parecer más joven”. Los medios la apodaron “Reina del Botox”, y Cristina a veces les siguió la corriente, llegando a afirmar en una entrevista: “Yo ya nací maquillada”. En 2012, durante una conferencia de prensa, exhibió la cicatriz de una intervención quirúrgica y explicó: “Ya saben cómo soy con la estética. Pero la política antes que la estética“.

Néstor había llegado a la presidencia en medio del derrumbe económico, con más de la mitad de los argentinos viviendo en la pobreza. Optó por una estrategia heterodoxa, con énfasis en el crecimiento económico, incluso a costa de la inflación, la devaluación de la moneda y el peligro de nuevo derrumbe. Cristina siguió por ese camino, nacionalizando la principal aerolínea del país, una enorme empresa de petróleo y gas, y recuperando el control de los miles de millones de dólares de los fondos de jubilaciones privadas. Gastó fuertemente en los problemas que aquejan a los más pobres, otorgando un subsidio universal por hijo y aumentando los haberes jubilatorios de los mayores. Y lo que es más notable, siguió con la agresiva estrategia de su marido respecto de la deuda externa argentina, que ya se acercaba a los 100.000 millones de dólares. Tras laboriosas negociaciones, la mayoría de los tenedores de bonos argentinos aceptaron una quita que implicaba recibir alrededor de 33 centavos por cada dólar nominal.

Diplomáticos norteamericanos señalan la “actitud agresiva” de Cristina Kirchner y su aparente obsesión por su aspecto. Los medios la apodaron “Reina del Botox”.

Según la visión de muchos economistas, ese programa entrañaba el riesgo de acentuar los problemas económicos, obligando a Argentina a buscar acuerdos con China para aumentar sus reservas internacionales. “La estrategia de Kirchner consiste en una serie de parches a corto plazo, ninguno de los cuales es sustentable”, me dijo Arturo Porzecanski, profesor de economía de la American University. “El modelo está prácticamente agotado“. Algunos tenedores de bonos, en su mayoría fondos de inversión norteamericanos, siguen insistiendo en que se les pague el total de lo adeudado. Cristina Kirchner se negó, llamándolos “fondos buitre”, y ese enfrentamiento ya ha provocado algunas situaciones extraordinarias. En 2012, una nave de la Armada Argentina fue retenida en un puerto de Ghana por un embargo solicitado por un acreedor, para luego ser liberada por orden judicial. El año siguiente, en ocasión de una gira de una semana a Asia, Cristina se vio obligada a alquilar un jet privado, con un costo de 880.000 dólares, por temor a que embargaran el avión presidencial.

A Cristina se la ha comparado cada vez más con Hugo Chávez, el populista y autoritario presidente de Venezuela desde 1999 hasta su muerte, en 2013. De hecho, tanto Néstor como Cristina se fueron volviendo dependientes de Chávez, sobre todo después de que Venezuela comprara 7.000 millones de dólares de la deuda argentina en momentos en que el país estaba emergiendo de su debacle económica. El dinero venezolano tal vez haya sido también importante para la elección de Cristina. En 2007, los empleados de la Aduana argentina que revisaban el equipaje de un jet alquilado proveniente de Caracas, encontraron 800.000 dólares en el interior de una valija. Su dueño, Guido Antonini Wilson, le dijo al FBI que ese dinero era parte de los esfuerzos encabezados por Chávez para financiar la campaña de Cristina.

Con el tiempo, Cristina Kirchner se volvió más dictatorial, y según los informes periodísticos de sus trapos sucios, también más corrupta

Cristina Kirchner visitó a Chávez en Caracas e hizo público su apoyo a la rebelde política exterior del líder venezolano, para entusiasmo de los Estados autoritarios, como China, Rusia y Cuba. En algunas ocasiones también ha acusado a Estados Unidos de ser una “potencia hegemónica mundial“, causante de los problemas de Argentina. El año pasado, cuando un tribunal norteamericano falló en contra de la Argentina en un planteo por la deuda externa, Cristina Kirchner pareció hacer alusión a su posible magnicidio: “Si me pasa algo, miren al norte”, señaló.

Con el tiempo, Cristina Kirchner se volvió más dictatorial, y según los informes periodísticos de sus trapos sucios, también más corrupta. El emporio mediático Clarín, su mayor antagonista, ha publicado una serie de informes, convincentes aunque no exentos de errores, sobre los tratos de los Kirchner con algunos empresarios cuya fortuna personal tuvo un incremento espectacular desde que 2003. Tras una serie de enfrentamientos con la prensa, Kirchner empezó a privar a algunos medios de la publicidad oficial. En 2009, introdujo una “reforma” legislativa que pareció diseñada para desmantelar al grupo Clarín. “Está tratando de destruirnos“, me dijo el gerente de comunicaciones de Clarín, Martín Etchevers. Bajo el gobierno de Néstor, un fiscal llamado Manuel Garrido fue designado para investigar la corrupción dentro del gobierno argentino. Cuando Cristina recortó sus facultades, Garrido renunció en protesta, y más tarde le dijo al The Wall Street Journalque los escándalos que rodean a los Kirchner “son un reflejo del auge del capitalismo de amigos, oligarcas surgidos durante la última década gracias a sus vinculaciones con funcionarios del gobierno”.

Un tema en el que Cristina Kirchner parecía inamovible era la voladura de la AMIA. Pero tras la muerte de Néstor, en 2010, y su arrolladora reelección en 2011, su posición cambió. Ese año, cuando viajó para la asamblea de Naciones Unidas, aceptó la oferta de Irán de “investigar” la voladura de la AMIA. Cuando Ahmadinejad se puso de pie para hablar,los delegados argentinos permanecieron en sus asientos. Y por primera vez en años, los sobrevivientes del atentado no fueron parte de la comitiva.

El 27 de enero de 2013, Cristina Kirchner anunció que había llegado a un acuerdo con Irán para el establecimiento de una comisión de la verdad. El acuerdo no planteaba el juzgamiento de los iraníes sospechados, y ninguna de sus conclusiones tendría efectos vinculantes. Así y todo, Cristina calificó de “histórico” el acuerdo, señalando que ayudaría a resolver finalmente el caso. Escribió en Twitter que “Ya no volveremos a dejar que la tragedia de la AMIA sea utilizada como una pieza de ajedrez del tablero de intereses geopolíticos extranjeros”.

EL PACTO CON IRÁN

El acuerdo con Irán fue negociado por Héctor Timerman, ministro de Relaciones Exteriores de Kirchner. Timerman es una figura paradójica de la vida pública argentina: es un judío que se describe a sí mismo como “no sionista” y es un filoso crítico de Estados Unidos que vivió una década en Nueva York. Al igual que muchos líderes políticos argentinos, Timerman quedó muy marcado por su experiencia durante la guerra sucia. Es hijo de Jacobo Timerman, el prominente editor de un diario que fue detenido en 1977 y torturado en un centro clandestino de detención. El relato de sus penurias quedó plasmado en Prisionero sin nombre, celda sin número, que se convirtió en un best-seller a nivel mundial. Encarcelado su padre, Héctor Timerman huyó a Nueva York, donde vivió en el West Village y colaboró en la fundación de la organización de derechos humanos Americas Watch. En 1989, regresó a Argentina para trabajar como periodista. En 2004, volvió a Nueva York como parte de la delegación argentina ante la ONU, y en 2007 fue nombrado embajador en Washington.

 

Foto: Télam 

Timerman me contó que negoció el acuerdo con su contraparte iraní, Ali Akbar Salehi, en una serie de encuentros secretos que comenzaron en septiembre de 2012 y que se prolongaron durante 3 meses, con reuniones en Zúrich y en Addis Ababa. Timerman me dijo que se enfrentaron con un problema legal infranqueable: la Constitución de Irán prohíbe la extradición de sospechosos, y la Constitución Argentina prohíbe los juicios en ausencia. Sin esperanza de resolver el caso por las vías legales normales, Timerman quería encontrar la manera de que los culpables fuesen juzgados. La comisión de la verdad les permitiría al menos a los jueces argentinos viajar a Teherán y tal vez entrevistarse con los sospechosos. “Les íbamos a decir: ‘Estos son los cargos en su contra’,” relata Timerman. “No se podía ir con el juicio hasta el final, pero sí se podía empezar.”

Hasta Timerman reconoce que era un “pésimo nombre” hablar de la “comisión de la verdad” en el pacto con Irán

El así llamado “memorándum de entendimiento”generó un escándalo nacional. Algunos judíos argentinos acusaban a Cristina Kirchner de rendirse ante los iraníes, y muchos objetaban el término “comisión de la verdad”, porque sugería que los perpetradores eran aún desconocidos. (Hasta Timerman reconoce que era un “pésimo nombre“.) Las explicaciones de Timerman despertaron dudas, sobre todo cuando dijo que estaba negociando con Irán desde hacía apenas unos meses. Nisman declaró que el acuerdo representaba una intromisión “inconstitucional” de la presidenta en el poder judicial, y en una entrevista televisiva, insistió en que los sospechosos iraníes debían comparecer ante la justicia argentina, diciendo que “esos crímenes sólo pueden ser juzgados donde ocurrieron“. En privado, Nisman les dijo a sus amigos que sospechaba que detrás del acuerdo con Irán había más de lo que Cristina Kirchner dejaba ver. Al recordar aquellos días, su amiga Fabiana León dijo que“Alberto estaba furioso”.

Poco después, Nisman empezó a investigar a Cristina y a Timerman, con la ayuda del alto funcionario de inteligencia Jaime Stiuso. Llevó adelante la investigación en secreto, incluso para varios miembros de su propia fiscalía. Una de las personas en quien confió fue el escritor Perednik. “No me contó todos los detalles“, dijo Perednik. “Pero estaba muy entusiasmado. Me dijo que Kirchner y Timerman iban a terminar presos”.

LOS ÚLTIMOS DÍAS

El 12 de enero de 2015, mientras se encontraba de vacaciones en Europa con su hija Kala, Nisman le envió un mensaje de texto a sus amigos, diciendo que había decidido acortar su viaje y volverse a Buenos Aires. “Me estuve preparando para esto mucho tiempo, pero nunca me imaginé que iba a llegar tan pronto”, escribió Nisman. “Es mucho lo que me estoy jugando en esto. Yo diría que todo.” Su regreso fue tan intempestivo que dejó a su hija adolescente en el aeropuerto de Madrid, a la espera de que su madre pasara a buscarla.

Nisman no dijo lo que planeaba (“Algunos sabrán de lo que hablo, otros pueden imaginarse”), pero el sobreentendido debe haber sido claro. Un mes antes, Cristina Kirchner había echado sin miramientos a tres altos funcionarios de la inteligencia argentina, entre ellos Stiuso, al aliado de Nisman. En la Argentina, los presidentes tienen inmunidad judicial mientras dura su mandato, pero a Cristina le quedaba menos de un año en el poder. La gente especulaba que Cristina los echó para protegerse de una posible investigación en su contra. “Nisman pensó que el próximo era él”, dijo Fernando Oz, un periodista que hablaba regularmente con el fiscal. “Pensaba que si seguía esperando se iba a quedar sin trabajo y entonces no iba a poder acusarla”, dijo. Su equipo sería desmantelado y no tendría nada qué mostrar tras una década de cobrar un elevado sueldo y de llevar adelante una tarea de alta exposición pública.

“Nisman pensaba que si seguía esperando se iba a quedar sin trabajo y entonces no iba a poder acusar a la Presidenta”, dijo el periodista Fernando Oz

En mensajes a sus amigos, Nisman escribió,“Sé que no va a ser fácil. Pero más temprano que tarde, la verdad prevalece”. Y concluía, “En caso de que estén dudando, no estoy loco ni nada de eso. A pesar de todo, estoy mejor que nunca, jajajajajajaja”. La mañana del 14 de enero, pocas horas después de su regreso, Nisman le entregó en mano a un juez federal un informe de 289 páginas, y puso a disposición de los medios un resumen del mismo de 60 páginas. Acusaba a Cristina Kirchner y a Héctor Timerman de “ser autores y cómplices de encubrimiento agravado y obstrucción de la justicia en lo que se refiere a los acusados iraníes del ataque terrorista contra la AMIA”. No era una imputación formal, sino un pedido de investigación. Entre otras medidas, el fiscal Nisman quería tomarle declaración a la presidenta.

El argumento central del informe es que, además del acuerdo públicamente divulgado para designar una comisión de la verdad, había otro acuerdo, secreto, en el cual el gobierno argentino se comprometía a levantar las alertas rojas de Interpol que pesaban sobre los acusados iraníes. A cambio, la Argentina obtendría lucrativos acuerdos comerciales para venderle granos y comprarle petróleo a Irán, o posiblemente para intercambiarlos. Para que el acuerdo fuese digerible para la opinión pública, decía Nisman, Cristina Kirchner y Timerman planeaban presentar una “nueva teoría” sobre quiénes habían cometido el atentado a la AMIA.

Ese escenario se correspondía estrechamente con el delineado cuatro años antes por el periodista argentino Pepe Eliaschev, quien había escrito que Timerman le hizo llegar a Irán el mensaje de que Argentina estaba dispuesta a “olvidar” la voladura de la AMIA, así como el atentado de 1992 contra la embajada de Israel. Eliaschev aseguraba tener una copia de un memorándum que el canciller iraní le había entregado al presidente Ahamadinejad donde decía que “la Argentina ya no está interesada en resolver esos dos ataques, sino que prefiere mejorar sus relaciones económicas con Irán”.

AHMADINEJAD, CHÁVEZ Y KIRCHNER

El gobierno iraní se estaba haciendo fuerte en la región. Según ex funcionarios venezolanos, fue Hugo Chávez el que presentó a Ahmadinejad a los líderes de América latina. Entre otras cosas, Irán y Venezuela habían establecido vuelos semanales entre Caracas y Teherán, y los dos gobiernos habían constituido un fondo de 2000 millones de dólares para inversiones en ambos países. Los funcionarios norteamericanos dicen que Chávez también ofreció refugio a agentes de la Guardia Revolucionaria de Irán y de Hezbollah. En 2007, acordó permitirles a Irán y Hezbollah el uso de Venezuela como base para una red de narcotráfico y lavado de dinero, según un ex funcionario norteamericano que trabajó en investigaciones de narcoterrorismo. El funcionario me dijo que la red le redituaba hasta 1000 millones de dólares anuales a Irán y Hezbollah, y que los vuelos entre Caracas y Teherán solían ser usados para el transporte de drogas.

A medida que Cristina Kirchner consolidó su relación con Chávez, la Argentina se fue acercando a Irán

A medida que Cristina Kirchner consolidó su relación con Chávez, la Argentina se fue acercando a Irán. Durante su primer mandato, el comercio entre ambos países se duplicó, y los iraníes compraban grandes cantidades de grano argentino. A principios de 2012, cuando el FMI impuso sanciones a Argentina por falsear su índice inflacionario, Héctor Timerman viajó a Washington para discutir el asunto con el gobierno de Obama. Según un funcionario norteamericano presente en la reunión, Timerman le pidió a la Casa Blanca que presionara al FMI para que levantara la sanción. Según cuenta el funcionario, ante la negativa de la Casa Blanca, Timerman mencionó los esfuerzos internacionales para impedir que Irán construyera armas nucleares y sugirió que su gobierno estaba considerando tomar partido por Irán. (Timerman niega esos dichos) “Cuando Héctor dijo eso, en el salón hubiese podido oírse el vuelo de una mosca”, me dijo Dan Restrepo, por entonces sub-asesor en seguridad nacional de Estados Unidos.

Para Nisman, a Cristina Kirchner y Timerman les interesaba tanto fortalecer su alianza con Irán que estaban dispuestos a sacrificar la soberanía nacional. “Que no queden dudas”, escribió el fiscal. “El plan delictivo consistía en eliminar los cargos que los tribunales argentinos habían presentado contra los funcionarios iraníes, y la mejor manera que encontraron de borrar esos cargos, garantizarles inmunidad y presentarle el asunto de la manera más prolija posible a una nación engañada era firmar el ya mencionado acuerdo”.

LAS ESCUCHAS

Nisman denunció a Cristina Kirchner de llevar a cabo su plan por canales secretos que involucraban la participación de civiles de ambos gobiernos. El núcleo de su acusación es una serie de transcripciones de escuchas telefónicas, muchas de las cuales tienen como protagonistas a dos militantes argentinos, Luis D’Elía y Fernando Esteche. Ambos son fervientes kirchneristas que han viajado a Irán en repetidas oportunidades y que han encabezado manifestaciones pro-iraníes, en las que aseguraban que Irán no era responsable de la voladura de la AMIA. Según un diplomático de Occidente destacado en Buenos Aires, D’Elía -ex funcionario del gobierno de Néstor Kirchner- es financiado por el gobierno de Irán.

En su denuncia, Nisman dice que esos dos hombres, junto al diputado Andrés Larroque,funcionaban como emisarios de Cristina Kirchner. En la mayoría de las conversaciones pinchadas podía escuchárselos hablar con Yussuf Khalil, un argentino-libanés vinculado a la mezquita porteña de Al Tawhid, donde se según se dice, se llevaron a cabo gran parte de los preparativos para el atentado a la AMIA. Esa mezquita sigue siendo un punto de reunión para las manifestaciones anti-israelíes y pro-iraníes, donde han dado discursos tanto D’Elía como Esteche. Según Nisman, Khalil actuaba como agente del gobierno iraní y estaba en contacto permanente con las autoridades de Teherán.

La denuncia de Nisman, claramente armada con apuro, es un documento errático y por momentos enloquecedor.

La denuncia de Nisman, claramente armada con apuro, es un documento errático y por momentos enloquecedor. Aunque Nisman acusa a Cristina de dirigir el acuerdo secreto y a Timerman de ejecutarlo, no hay evidencia alguna que vincule directamente a ninguno de ellos con la supuesta conspiración. La mayoría de las escuchas telefónicas son crípticas y pueden ser interpretadas de varias maneras, no necesariamente incriminatorias. De todos modos, la sumatoria de detalles y circunstancias sugiere que los hombres discutían algún tipo de acuerdo tendiente al levantamiento de las alertas rojas que pesaban sobre los iraníes.

El personaje más enigmático de las escuchas es alguien a quien solo se conoce como Allan. Según Nisman, se trataba de Ramón Allan Héctor Bogado, un agente de inteligencia que trabaja directamente para Cristina Kirchner. (Mena, el alto funcionario de inteligencia, me dijo que no hay registros de que Bogado haya trabajado alguna vez para la SIDE, pero un sitio web de noticias argentino publicó más tarde la declaración de alguien que aseguraba ser Bogado y que decía haber trabajado para la SIDE como “inorgánico”, o sea un agente que no figura en los libros). En febrero de 2013, un mes después de que el gobierno argentino anunciara el acuerdo para la creación de la comisión de la verdad, Bogado habló con Khalil, el supuesto agente iraní. “Tengo un chisme”, dice Bogado. “Me dijeron en la casa que Interpol va a levantar las órdenes de arresto de nuestros amigos.” Y Khalil responde, “¡Gracias a Dios!”

No te preocupes“, dice Bogado en otra conversación con Khalil. “Todo esto se acordó en el más alto nivel”.

En la transcripción de una conversación del mes de mayo, D’Elía le dice a Khalil que está actuando bajo las órdenes de “la jefa”, y que el gobierno argentino estaba pensando enviarlos a ambos a Irán, junto con un contingente de la petrolera estatal, para “hacer unos acuerdos allá”. Al parecer, D’Elía acababa de conocer al ministro de Planificación, Julio de Vido.“Está muy interesado en intercambiar lo que tienen allá por granos y carne”, dice D’Elía.

Esas propuestas de acuerdos comerciales estaban evidentemente sujetos a la aprobación por parte del Parlamento iraní del acuerdo que se había hecho público y al que se refieren comúnmente como “el memorándum”. D’Elía deja entrever que esa es una fuente de problemas. “Hay un problema político”, dice. “Necesitan que se apruebe el memorándum.”

“Sí”, responde Khalil. “Ese tema está claro.”

En conversaciones grabadas antes de que el pacto público fuese anunciado, alguno de los hombres parece estar al tanto de las negociaciones. En diciembre de 2012, meses antes del anuncio, Esteche le dice a Khalil que el gobierno de Cristina Kirchner se proponía inventar un culpable para el atentado. “Quieren construir otro enemigo de la AMIA, un nuevo responsable”, dice.“No van a poder echarles la culpa a los israelíes”, sigue diciendo, así que iban a culpar a un grupo “de fascistas locales”.

Bogado dijo más o menos lo mismo, meses después de la firma del acuerdo entre Irán y la Argentina: “Van a presentar otra teoría con otra evidencia”. Bogado pareció sugerir que Nisman sería marginado de la causa a pesar de su compromiso con el juzgamiento de los iraníes: “Lo van a dejar colgado”.

EL ENCUENTRO CON CRISTINA

La presidenta Kirchner desempeña sus funciones en un ornamentado caserón del centro de Buenos Aires conocido como la Casa Rosada -por el tinte de sus muros, que otrora suministraba la sangre de los caballos-, pero su residencia oficial es la Quinta de Olivos, en el suburbio norte de Buenos Aires. La Quinta de Olivos es un palacete blanco de tres plantas que data del siglo XVI y se parece bastante a una enorme torta de casamiento.

Cuando me encontré allí con Cristina Kirchner, dos meses después de la muerte de Nisman, el misterio seguía acaparando las noticias. Me condujeron hasta un amplio salón en dos niveles, que había sido acondicionado como estudio de televisión. Cristina Kirchner entró pocos minutos después, con un vestido con vuelo y una buena capa de maquillaje, seguida por dos decenas de colaboradores, casi todos ellos varones. Con las cámaras grabando, Cristina extendió su mano para acomodarme el cabello antes de que empezara la entrevista. “¿No hay ahí alguna chica que pueda ayudarlo con el pelo?”, preguntó. “Queremos que se lo vea lindo”. Y entonces empezó a alisarse su propio cabello. “Yo también quiero arreglarme un poco”, dijo.“Usted sabrá disculpar, soy mujer además de presidenta. el vestido, la imagen.”

Cristina Kirchner me dijo que creía que Irán probablemente estaba involucrado en el atentado, y que ella siempre había insistido en que el régimen entregara a los sospechosos.

“¡Está divina!”, le dice uno de sus colaboradores desde detrás de las cámaras.

Pero cuando empezamos a hablar, Cristina Kirchner se puso seria, desechando la acusación de Nisman de haber hecho un pacto secreto con Irán para olvidar el atentado a la AMIA: lo calificó de “ridículo”, “poco serio” y de ser “una acusación sin ningún tipo de evidencia”.

Cristina Kirchner me dijo que creía que Irán probablemente estaba involucrado en el atentado, y que ella siempre había insistido en que el régimen entregara a los sospechosos. Pero después de 21 años, estaba claro que los iraníes nunca lo harían. “Nunca nos respondieron a nada”, dijo la presidenta argentina. “Estábamos en un punto muerto”. Dijo que la creación de una comisión de la verdad habría hecho posible que un juez argentino interrogara a los sospechosos iraníes, lo que describió como un logro importante: “Logramos convencer a Irán de sentarse a discutir el tema de la AMIA después de que se habían negado durante décadas.”

Los integrantes del gobierno de Cristina Kirchner rechazaron unánimemente las acusaciones de Nisman. El jefe de gabinete, Jorge Capitanich, las calificó de “absurdas, ilógicas e irracionales”. Timerman negó haber hecho un pacto secreto y dijo que ni conoce a las personas mencionadas en la denuncia. “¿Quién es Khalil?”, dijo. “¿Por qué no van a buscarlo a ver quién es?”

Poco después de que Irán y Argentina firmaron su acuerdo público, Interpol emitió un comunicado diciendo que las alertas rojas seguirían vigentes. El Parlamento iraní se negó a ratificar el acuerdo. En las transcripciones de las escuchas, Khalil parece indignado. Le dice a D’Elía que se había encontrado con “las más altas autoridades de Irán”, y agregó, aparentemente en referencia a Timerman, “Parece que el ruso este de mierda se mandó alguna”.

Para Nisman, la implicación era clara: Timerman había prometido el levantamiento de las alertas rojas, y cuando eso no ocurrió, los iraníes se echaron atrás. En su denuncia, señala que Salehi, el ministro de relaciones exteriores, hizo alusión a un acuerdo secreto después de la firma del acuerdo público. “El contenido del acuerdo entre Irán y Argentina en relación con el incidente de la AMIA será hecho público a su debido tiempo, y el tema de los iraníes acusados forma parte de él”, dijo Salehi.

¿Qué salió mal? Nisman cree que Timerman tenía planeado pedirle a Interpol que levantara las alertas rojas. Pero Ron Noble, jefe de Interpol en aquel entonces, me dijo que Timerman le pidió en reiteradas oportunidades que las alertas rojas se mantuvieran. En cualquier caso, si Timerman quería que las alertas fueran levantadas, hubiese necesitado que un juez argentino desestimara los cargos que las habían generado. Noble señala que Interpol no podía actuar hasta que esos cargos no fuesen desestimados. Cristina Kirchner también enfatizó que la disposición de las alertas rojas no dependía de ella. “Podría haber firmado públicamente a favor de Irán en frente de todo el mundo, y no habría tenido ningún valor”, dijo la mandataria.

¿De qué hablaban entonces Khalil y los demás? Timerman me dijo que es posible que creyeran que las alertas rojas serían levantadas, pero que ellos mismos no tenían parte alguna en eso. Me sugirió que eran simples oportunistas tratando de capitalizar el ablandamiento de las relaciones entre ambos países. “Tal vez esperaban conseguir algún negocio”, dijo el canciller.

Pero eso no explica las aparentes conversaciones con funcionarios de ambos gobiernos, muchos de los cuales expresaban tener conocimiento previo del acuerdo. Y tampoco explica una serie de declaraciones públicas sobre el acuerdo y que constituyen una de las partes más intrigantes de la evidencia de Nisman. Su denuncia señala que en uno de los párrafos finales del acuerdo, Timerman y Salehi acordaron una clausula críptica: “El acuerdo, tras su firma, será enviado conjuntamente por ambos ministerios a la Secretaría General de Interpol, en cumplimiento de los requerimientos de Interpol respecto de este caso”. La frase es ambigua, pero sugiere que ambos países esperaban que Interpol hiciera algo. El régimen iraní dejó en claro sus expectativas. Tras la ratificación del acuerdo, la agencia de noticias del Estado emitió un comunicado: “Según el acuerdo firmado por ambos países, Interpol debe levantar las alertas rojas contra las autoridades iraníes”.

Después de presentar su denuncia ante el juez federal, Nisman visitó a la diputada Patricia Bullrich, una de las líderes de la oposición. Mientras discutían el contenido de la acusación, Bullrich empezó a temer que Nisman se encaminara solo hacia un huracán político. “La presidenta lo iba a destrozar”, me dijo Bullrich. La diputada, que preside la Comisión de Legislación Penal, sugirió una audiencia en el Congreso, pensando que la publicidad del hecho le daría cierta protección al fiscal. Bullrich me dijo Nisman se fue de su oficina de muy buen humor, y ansioso por dar batalla.

La noticia de la audiencia en el Congreso corrió rápidamente entre los simpatizantes de Cristina. La diputada kirchnerista Diana Conti dijo que esperaba ansiosamente enfrentar a Nisman: “Vamos a salir con los tapones de punta”. Nisman pasó su último día preparándose, y al menos exteriormente, estaba entusiasmado, ansioso y enfocado. El sábado a la noche, Waldo Wolff, un dirigente de la comunidad judía de Argentina, le envió un mensaje de texto: “¿Cómo estás? ¿Qué andás haciendo?” Nisman le respondió con la foto de su mesa cubierta de archivos y resaltadores. “¿Qué creés que estoy haciendo?”, escribió. Claudio Rabinovitch, compañero de trabajo de Nisman, lo había visto ese día más temprano. Le dijo a Nisman que había estado pensando en renunciar al trabajo, porque se había sentido excluido de esa investigación secreta. Según Rabinovitch, Nisman se negó a considerar el tema. “El lunes el es día más importante de mi vida”, le dijo.

Alrededor de las 16:30 del día sábado, Nisman le pidió a Diego Lagomarsino, su técnico informático, que fuese a su casa. Cuando llegó, Nisman le dijo que las reacciones ante su denuncia habían sido más intensas de lo que esperaba. “Tengo miedo de salir a la calle”, dijo. Había mandado a su madre a hacerle las compras. Y entonces le preguntó a Lagomarsino: “¿Vos tenés un arma?”

Lagomarsino le dijo que sí, y Nisman se la pidió prestada. “Tuve miedo, me quedé shockeado”, me dijo Lagomarsino. El técnico informático le dijo a Nisman que su arma era vieja y pequeña, y que no valía la pena. Nisman le dijo que no confiaba en sus custodios para protegerlo.

Lagomarsino relata que Nisman empezó a hablar de su familia y que se fue alterando más y más. “¿Sabés lo que es que tus hijas no quieras estar con vos porque tienen miedo de que les pase algo?”, le dijo Nisman. “Nunca lo había visto así”, me confesó Lagomarsino.

Nisman volvió a pedirle a Lagomarsino que le llevara el arma. “La necesito solo para asustar al que sea”, le dijo. “Si estoy en el auto con las nenas y se me acerca un loco con un palo gritándome ‘¡Traidor hijo de puta!’ puedo disparar al aire y ahuyentarlo.

Lagomarsino que fue a regañadientes hasta su casa a buscar el arma y se la llevó. Era una vieja Bersa calibre 22, regalo de su tío. Lagomarsino dice que le mostró a Nisman cómo cargarla, como sostenerla, y como apretar el gatillo. Nisman estuvo de acuerdo en que realmente no servía como defensa. “La semana que viene vamos y compramos una nueva”, le dijo. Nisman tomó la pistola, la envolvió en un paño verde, y le dijo a Lagomarsino que podía marcharse. Señaló la pila de papeles y dijo: “Tengo que ponerme de nuevo con eso.”

Le pregunté a Lagomarsino si no le preocupó que Nisman pudiera matarse. “No, no, no. ¿Alberto? Nunca”, me dijo Lagomarsino. “Me preocupaba que matara a algún otro.”

Alrededor de las 12:30 del domingo 18 de enero, uno de los custodios de Nisman lo llamó a su teléfono y nadie contestó. El custodio empezó a preocuparse. Después de golpear a la puerta del departamento, sin respuesta, llamó a la madre del fiscal, Sara Garfunkel. Casi 10 horas después del llamado del custodio a Nisman, Garfunkel y otro custodio ingresaron al departamento con ayuda de un cerrajero. Encontraron a Nisman en el piso del baño, con una bala en la cabeza y la pistola de Lagomarsino junto a su mano. Había dejado escrita una lista de compras. Tenía puesta una remera y un pantalón corto. La autopsia determinó que Nisman que Nisman se había suicidado y que no había nadie más en el departamento cuando murió. No dejó ninguna nota.

Dos horas más tarde, Damián Pachter, un periodista del Buenos Aires Herald, escribió en Twitter que Nisman había sido hallado en un charco de sangre, y que no respiraba. Cuatro días después, Patcher notó que su tuit había sido citado en el sitio web de la agencia estatal de noticias Telam, pero que había sido alterado para que dijera que Nisman había sido encontrado sin vida. “Tal vez fue porque estaba sin dormir, pero tuve realmente miedo”, dijo.

Un viejo informante le aconsejó a Patcher que saliera de Buenos Aires y que se encontrara con él en su pueblo natal, a varias horas de viaje de la capital. Patcher llegó antes del amanecer, y se sentó en un café que encontró abierto. Mientras esperaba la llegada de su informante, Patcher dice que un hombre de anteojos oscuros se sentó cerca de él. Pasaron varias horas, y el hombre seguía calladamente ahí. Patcher me dijo que fue en ese momento que supo que “Tenía que irme de inmediato”. Fue directamente a una agencia de viajes y sacó pasaje a Israel, país del que tiene la ciudadanía. Mientras esperaba un vuelo de conexión, chequeó sus emails. El editor de un periódico de Israel le había escrito para decirle que había publicado una copia de su pasaje de avión en la cuenta de Twitter de la oficina de la presidencia.

Patcher no volvió a la Argentina y dice temer por su vida. Asegura que no sabe exactamente por qué lo seguían ni por qué alguien de la oficina de la presidencia había posteado los detalles de su vuelo. Patcher cree que Nisman fue asesinado, probablemente con algún grado de participación de algún elemento del Estado argentino. Piensa que después de dispararle a Nisman, los asesinos movieron el cuerpo y alteraron la escena del crimen para borrar los rastros de lo que habían hecho. “Creo que cuando yo tuitié, ellos estaban haciendo algo, improvisando en la escena del crimen”, me dijo Patcher.

En las semanas que siguieron a la muerte del fiscal, Argentina bullía de teorías conspirativas, que acusaban a la CIA, al Mossad, y hasta a la inteligencia británica. En su sitio web, la presidenta Kirchner apoyó las conclusiones de la autopsia, diciendo que se había tratado de un “suicidio”. Sus aliados insinuaron que Nisman, ante la circunstancia de tener que justificar una acusación fabricada de la nada, había sufrido una crisis de consciencia.

Desde que terminó la Guerra Sucia, uno de las ideas directrices de la vida pública argentina es que la política no debe ser letal. Como dice el refrán popular, “la sangre nunca llega al río”. Sin embargo, Argentina tiene una larga historia de “suicidios” que han resultado ser asesinatos políticos. En 2007, Héctor Febres, un oficial naval acusado de torturar a mujeres embarazadas ¬¬-sospechosas de pertenecer a la guerrilla¬- y de asesinarlas después de que daba a luz para luego entregar a los bebés a familias de militares, fue encontrado muerto en su celda, envenenado con cianuro. Fue muerte fue caratulada como suicidio, pero muchos argentinos creen que Febres fue asesinado u obligado a suicidarse por sus antiguos camaradas, para impedir que los delatara.

Tres días después de decir que la muerte de Nisman había sido un suicidio, Cristina Kirchner se echó atrás, y dijo que había sido asesinado, como parte de un complot para perjudicarla. “Lo usaron cuando estaba vivo y después lo necesitaron muerto”, escribió en su sitio web, bajo el título de “El suicidio (que estoy convencida) no fue suicidio”. No aclaraba a quiénes se refería, pero un par de días después, Cristina sugirió que había sido su propia agencia de inteligencia, la SIDE, y que por lo tanto la desarticularía para crear una agencia nueva. En palabras de la presidenta Kirchner, la agencia de inteligencia “no servía a los intereses del país”.

Es posible que Nisman sucumbiera a algún tormento personal desconocido incluso para sus más allegados. Viviana Fein, la fiscal a cargo de esclarecer la muerte de Nisman, dejó abierta la posibilidad de que se haya tratado de un suicidio inducido, por ejemplo, ante una amenaza contra la vida de sus hijas. Pero ente los amigos y colegas de Nisman no encontré uno solo que creyera que el fiscal se disparó a sí mismo. “¿Alberto? Nunca”, me dijo León, su viejo amigo. “Tenía una autoestima bárbara, y realmente amaba a sus hijas.”

Incluso después de decir que Nisman había sido asesinado, Cristina Kirchner no manifestó por él ninguna simpatía. En una conferencia de prensa, sugirió que Nisman y Lagomarsino eran amantes. Dijo que como muchos ya sospechaban entonces, había echado a los jefes de la SIDE porque se oponían al acuerdo con Irán. Muchos argentinos no creyeron sus declaraciones de inocencia. Una encuesta a nivel nacional realizada una semana después de la muerte de Nisman reveló que el 70 por ciento de los encuestados creían que había sido asesinado, y la mitad de ellos creía que el gobierno estaba involucrado.

Los hechos básicos de la muerte de Nisman siguen sin tener explicación. En su mano no se encontraron restos de pólvora, como sí suele suceder en casos de disparos auto-infligidos. En el arma se encontraron sus huellas, pero no las de Lagomarsino, que acababa de prestársela. Unos días después del hecho, la policía dijo haber descubierto una tercera entrada al departamento del fiscal: un corredor para los aires acondicionados que conecta con el departamento de al lado. En ese corredor encontraron la huella de un pie que no ha sido identificada. La policía chequeó la cámara instalada en el ascensor de servicio, pero estaba rota. En la escalera, directamente no había cámaras.

Se acumulaban evidencias de que la investigación de la muerte de Nisman había sido tan desprolija como para estar fatalmente comprometida. Una mujer que fue convocada en la calle para ser testigo de la investigación en la escena del crimen (tal como lo exige la legislación argentina) dijo que en el lugar había una atmósfera casi festiva. “Tomaban té y comían medialunas”, dijo. “Tocaban todo. Había como 50 personas en el departamento.” Las fotos de la policía, que me proporcionó un periodista argentino, muestran a un grupo de policías sin guantes que manipulan las pertenencias de Nisman.

La ex esposa de Nisman, la poderosa jueza Sandra Arroyo Salgado, denunció la investigación y contrató a un equipo de eminentes forenses para revisar los resultados de la autopsia. El equipo concluyó que en la mano derecha no se había registrado espasmo cadavérico, como habría ocurrido normalmente si Nisman hubiese disparado el arma, y que con toda probabilidad el cadáver había sido movido. (Una foto de la policía muestra unas supuestas manchas de sangre en la cama de Nisman, lo que sugiere que el cuerpo efectivamente fue movido.) Según el informe del equipo forense, al que tuvo acceso el diario La Nación, en el lavatorio del baño habían lavado cuidadosamente manchas de sangre, y la posición del arma era inconsistente con un disparo auto-infligido. Según ese informe pericial, el escenario más probable es que a Nisman le dispararon en la sien derecha estando arrodillado, y que había muerto “en agonía”. En una conferencia de prensa que Salgado convocó para anunciar los resultados del informe de sus peritos, la ex esposa del fiscal dijo: “Su muerte es un magnicidio que exige respuestas de las instituciones del país”.

El 18 de febrero, un mes después de la muerte de Nisman, decenas de miles de argentinos marcharon para recordarlo y para protestar contra lo que describieron como la incapacidad del gobierno argentino para garantizar la seguridad del fiscal. Bajo una lluvia torrencial, los manifestantes caminaron en silencio desde el Congreso hasta la Plaza de Mayo, frente al despacho de la presidenta Kirchner. Muchos llevaban pancartas, y en una de ellas podía leerse: “No pueden suicidarnos a todos”. La presidenta Kirchner acusó a los manifestantes de estar haciendo política y se quedó en su casa. Al día siguiente era su cumpleaños. “En el horóscopo chino soy serpiente”, escribió en su cuenta de Twitter.

Durante mi entrevista, a Cristina Kirchner parecía enervarla tener que hablar de la muerte de Nisman. Cuando le pregunté si ella quería verlo muerto, exclamó “¡No!”, y me entregó una copia impresa de la declaración que había escrito en su página web. Parecía sobre todo preocupada por el daño que la muerte de Nisman le había causado a su reputación, algo que según dejó entrever, terminaba de refutar el argumento de su participación en el hecho. “Dígame, ¿quién perdió más con la muerte del fiscal Alberto Nisman? Digame usted, Sherlock Holmes”. Cuando sugerí que era ella, y que la mitad del país creía que ella estaba involucrada en la muerte de Nisman, Cristina asintió. “Exacto. Esa es una de las claves.”

Esa es una opinión muy extendida en Argentina, al menos entre los simpatizantes del kirchnerismo. “La denuncia de Nisman no era muy sólida”, me dijo José Manuel Ugarte, profesor de leyes de la Universidad de Buenos Aires. “Cristina habría sobrevivido a esa denuncia. Creo que los que hicieron esto querían destruir a su gobierno.”

Gran parte de las primeras sospechas se enfocaban en Jaime Stiuso, el alto funcionario de la SIDE. Juan Martín Mena, nombrado por Cristina para presidir la flamante agencia de inteligencia creada recientemente, describe a Stiuso como el líder de una facción corrupta que dirigía una red de contrabando. Dijo que altos agentes de la SIDE tenían un historial de venderles información sensible a clientes privados, y de usar esa información para arrancarles sentencias favorables de jueces reacios.

Los fiscales dicen que la ultima tarde que estuvo vivo, Nisman intentó comunicarse repetidamente con Stiuso, infructuosamente. Convocaron a Stiuso para que respondiera preguntas y enfrentara cargos de enriquecimiento ilícito, pero el hombre se desvaneció. Un conocido de él dijo que había volado a Uruguay. Kirchner pensó que estaba oculto en Estados Unidos.

Mena dice no creer que Nisman estuviera involucrado en las actividades ilegales de Stiuso. ¿Por qué entonces Nisman y Stiuso decidieron trabajar juntos en contra del acercamiento de Cristina Kirchner con Irán? Mena me dijo que en su deseo de mantener activa la investigación de la causa AMIA, Nisman y Mena “siguieron intereses extranjeros”. ¿Qué intereses extranjeros? “Los de Estados Unidos e Israel, estoy cien por ciento seguro”, dijo Mena.

En los días previos a su muerte, Nisman creía que los iraníes venían por él. Cuando se encontró con la diputada Bullrich, le dijo que había escuchado al pasar las conversaciones pinchadas de agentes de inteligencia militar argentinos donde decían que le habían pasado sus datos personales a agentes de Irán. por orden de Cristina Kirchner. Nisman dijo que los iraníes “sabían de él, de su investigación, con detalles sobre su familia y sobre sus hijas, sobre todos los movimientos de sus hijas”.

Desde la Revolución Islámica, el régimen de Irán ha llevado adelante un agresivo programa de magnicidios. El régimen ha sido acusado de asesinar a al menos 18 personas que vivían fuera de Irán, en su mayoría, disidentes iraníes. Los asesinatos más notorios ocurrieron en 1992, cuando agentes iraníes balearon a cuatro exiliados kurdos en un restorán griego en Berlín. En ese caso, los fiscales alemanes persiguieron a los funcionarios iraníes sin descanso, tal como hizo Nisman.

Sin embargo, nadie en el régimen iraní pareció nunca preocuparse demasiado por las acusaciones públicas de Nisman. Y aunque el régimen lo quisiera muerto, ¿por qué esperar hasta después de que presentara su denuncia ante un juez federal? Muchos argentinos especulaban que tal vez descubrió otro secreto que hizo que alguien del gobierno iraní -o del gobierno argentino- quisiera matarlo.

Para cuando Cristina Kirchner anunció el acuerdo con Irán por la causa AMIA, la obsesión de Nisman con Irán ya había excedido las fronteras de Argentina. Ese año, Nisman y su equipo elaboraron un informe de 500 páginas donde delineaban la que según ellos era la “infiltración” terrorista de Irán y Hezbollah en América Latina. (Un funcionario norteamericano dijo que el informe era “certero”.) Un mes antes de su muerte, Nisman le dijo al escritor Gustavo Perednik que creía que Argentina e Irán estaban discutiendo secretamente la reanudación del acuerdo nuclear de las décadas de 1980 y 1990. “Nisman me dijo que eso formaba parte del acuerdo más amplio”, señala Perednik.

En enero de 2007, según un ex funcionario del gobierno de Chávez, Ahmadinejad estuvo de visita en Caracas y le pidió a Chávez que intercediera con los Kirchner. El funcionario, que estaba presente en la reunión, dijo que Ahmadinejad quería tener acceso a la tecnología nuclear argentina. (El funcionario es uno de los muchos que está colaborando con los investigadores norteamericanos para presentar una acusación contra Venezuela por colaborar con el contrabando de drogas de Irán y Hezbollah.) Ahmadinejad no especificó qué clase de tecnología buscaba, pero el reactor que tiene Irán en Arak y que todavía está en construcción utiliza una tecnología similar a la central nuclear argentina de Atucha. Ambos son reactores de agua pesada, capaces de producir plutonio, que puede utilizarse en armas nucleares. “Hermano, necesito un favor”, le dijo Ahmadinejad a Chávez según el relato del ex funcionario chavista. “No importa lo que cueste, nosotros lo pagamos.”

“Yo me encargo”, le habría respondido Chávez. Ahmadinejad también le pidió a Chávez que convenciera a Argentina de levantar las alertas rojas de Interpol contra los funcionarios iraníes. Chávez prometió intentarlo.

El ex funcionario venezolano dice no saber si Chávez, o algunos de los Kirchner, cumplió con el pedido, o si de haberlo hecho, que obtuvieron los Kirchner a cambio. Pero aparentemente Stiuso compartía la sospecha de Nisman de que había un acuerdo en marcha. Le dijo a Pablo Jacoby, abogado de las víctimas de la AMIA, que estaba tratando de asegurarse de que Argentina no colaborara con el programa nuclear de Irán. “El verdadero tema siempre ha sido la transferencia de tecnología nuclear”, dijo Jacoby. “Stiuso me dijo que no quería que los iraníes pudieran construir una bomba.”

En los meses que siguieron a la muerte de Nisman, su familia pidió privacidad, así que en el entierro del fiscal en el cementerio judío de Tablada, en los suburbios de Buenos Aires, los cientos de dolientes personas que decidieron acompañarlo esperaron silenciosamente afuera, frente a las rejas. Algunos llevaban carteles que decían “Todos somos Nisman” o “Basta de corrupción e impunidad”. Otros portaban banderas argentinas o simplemente acompañaban con su silencio. Adentro, el líder de la comunidad judía Waldo Wolff señaló en su elegía al fiscal que la muerte de Nisman había dejado al descubierto los engranajes ocultos del poder político en la Argentina, que no había logrado hacer justicia por las víctimas de la voladura de la AMIA en más de 20 años. “La muerte de Alberto y la trama macabra alrededor de su muerte”, dijo Wolff ante los deudos, “llegaron para remover las escombros del edificio de la AMIA, permitiéndonos ver lo que realmente está debajo de ellos: el oscuro laberinto del poder, oculto en las partes más abiertas de nuestra sociedad”.

Las semanas pasaron y la verdad parecía tan esquiva como siempre. Una suguidilla de jueces, en su mayoría leales a los Kirchner, desestimó la denuncia de Nisman. Cristina, aunque políticamente dañada, siguió adelante. Jacoby me dijo que muero Nisman, la investigación de la causa AMIA -tan compleja, tan divisiva, tan vieja- probablemente también moriría. “No hay quien pueda reemplazar a Alberto”, dijo Jacoby. “Tenía toda la causa en su cabeza.”

¿Suicidio o asesinato? Jacoby dice que la pregunta es equivocada. “Ahora, aunque la verdad sea que se suicidó, nadie nunca lo va a creer.” Según la tradición judía, a quienes se quitaron la vida puede negárseles el derecho a un entierro religioso. En La Tablada, los suicidas son relegados al extremo más apartado del cementerio. Tras algunas conversaciones, el cuerpo de Nisman fue sepultado no junto a quienes se quitaron la vida, sino junto a las víctimas del atentado a la AMIA.

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